JUEVESS SANTO EN EL RECUERDO

JUEVES SANTO EN EL   RECUERDO


                                                                                     José Matías González Arteaga

Jueves Santo. Alcalá. Nostalgia de seres queridos ya desaparecidos (abuelo Rafael, padres, tíos y tías, parientes cercanos,...), de otros “jueves santos”, de otro Alcalá, de otras calles, casas, momentos,... Recuerdos de mi niñez y adolescencia exaltadas y nerviosas por la llegada del “gran día”, después de todo un año –365 días- de espera interminables; recuerdos imborrables de la llegada a Alcalá en la “viajera”; de la visión en lontananza -desde la margen izquierda del río- de la torre-fortaleza de nuestra iglesia, de las casas situadas en ese escarpe que se asoma al río -ese río tan querido para mí-, del “cacajá” –sueño en mis noches de verano-, de las barcas de mi familia, del puente, de la Plaza; de llegada a lugares muy queridos (a casa de mi abuelo, de mi tío Pepe, de mi tío Emilio, de mi tía Lolita,...); de vuelta a olores y sensaciones de siempre -a paredes recien encaladas, a río, a redes aún  húmedas y  a pescado (sábalos, albures y sabogas)- que aún percibo.

Ya estoy en casa de mi abuelo Rafael “el barquero”. Reencuentro con su “soberaillo” repleto de redes colgadas junto a las túnicas de la Cruz y de Jesús –el verde y negro, el morado y blanco- planchadas y en un perfecto orden en aquel cuartillo de desorden; con su “soberao” de piso de madera y repleto de camas y colchones tirados en el suelo; de cocina en el patio; de aseos con palangana y jarrón; de retrete amplio, con toda la amplitud que le permitía el gallinero cubierto en el descubierto y amplio corral; de azofaifo junto a la cochinera siempre sin cochinos; de tejados de otras casas que tocábamos con las manos  y sobre los que jugábamos -con el consiguiente enfado de las vecinas: ¡Ea, ya están aquí los de La Puebla!-; y con el río –el subyugante, anhelado y omnipresente río- a nuestra vista, a un tiro de piedra –no olvidemos que estamos en la calle “Rompeteelalma”, en pleno Alcázar, con su escarpe mirando a esas aguas siempre tan deseadas-.

Es el momento del abrazo con las artífices de todo este tinglado, mis tías Concha y Esperanza (esta última, la “Chica” para las gentes, la “tata” para nosotros, sus sobrinos), que durante muchos días han trabajado para que sus hermanos y sobrinos lo encuentren todo limpio y en orden perfecto; de llegada precipitada, de entrada en el cuartillo de las redes, de prueba de túnicas y capirotes –ese capirote que nunca me estaba bien y era mi permanente frustración-, de escoger el “sitio” para dormir en aquel batiburrillo de camas y colchones, de beso a mi imperturbable y anciano abuelo –siempre lo vi y lo recuerdo igual de anciano-; en fin, de reencuentro con olores, sensaciones, sabores, vivencias, que aún perduran en mi retina, en mi paladar, en mi mente, en todo mi ser.
           
Alcalá, mi segundo pueblo, ha supuesto para mí muchas cosas: verano, río, baños en el “cacajá”, extraordinarias, inolvidables y, a veces, violentas pescas del sollo o esturión; arreglo de redes con mi abuelo, olor a brea y estopa, calafateo; juegos en días calurosos en el Calvario -frente a la casa de mi tía Lolita-, en la Plaza –de España y de toros- en el Alcázar, en la Cruz de los Pescadores; iniciación de mi afición a los toros, encuentro con mis seres queridos, sensación de muestras de afecto y cariño por parte de familiares y amigos.
           
Pero especialmente, y muy por encima de todo, Alcalá ha sido –y sigue siendo  para mí- sinónimo de Semana Santa; una Semana Santa que comenzaba el Domingo de Ramos, con sabor a “campanita”, a encuentros con amigos de siempre, a rifirrafes en las esquinas al coincidir  las dos hermandades -la Cruz y la  Soledad-, a miedos, a deseos contenidos, a hostilidad ante ese ser raro, extraño y diferente que era el “soleano”, y que terminaba ya bien entrado el   Viernes Santo; de noches nerviosas e insomnes de Miércoles a Jueves Santo, de madrugón, de espera de las músicas en el puente, de impaciencia por ponerme la túnica –a las 10 o las 11 ya no podían mis tías aguantarme y me la ponían, aunque con protestas-; de mañanas musicales, ensordecedoras y rutilantes; del “paseo” –rápido y agotador-, de procesión, de mantillas y capirotes verdes; de casas abiertas –exponente claro de la idiosincrasia del pueblo- y de mesas repletas de comida y bebida; de explosión de júbilo, llanto y expresiones increíbles y únicas a la salida y entrada del Cristo y la “Vigen”; de sermón, de singular y mágica vuelta a su capilla de San Gregorio por las oscuras calles y plazas de un pueblo transformado en su madrugada; de saetas, de la voz mágica del Goyo, de entradas en casas de hermanos para, en un arrebujo fuera de toda norma gastronómica, mezclar la cerveza, el vino, el coñac y el anís, con el tonificante caldo de puchero, y el jamón, el queso, el salchichón, la caña de lomo,  con pestiños, torrijas, rosquillas,... Y todo ello adobado con los chistes, ocurrencias y anécdotas contadas por cualquiera, con el donaire y la gracia de las gentes de Alcalá. Y de filas de nazarenos que desde el anonimato, detrás de su antifaz, observan detenidamente a todo un pueblo – o, a decir verdad, a medio pueblo, el otro medio está casi escondido- alegre, expectante ante el paso de sus imágenes queridas; de un anonimato que permite examinar, escudriñar a amigos y conocidos, y, sobre todo, a mirar intensamente a aquella niña que te gusta, a la que nunca has dicho nada, a la que –a causa de tu timidez adolescente- jamás te has atrevido a mirarla de frente y a los ojos; ahora lo haces tranquilo y relajado, sin miedo a ser descubierto.
           
Eran momentos mágicos, irrepetibles e imposibles el resto del año. Todo ello revive en mí ahora, a los 75 años –ya en la recta final de mi vida-, cuando el Jueves Santo, a las 5 de la tarde, me pongo de nuevo el antifaz de mi capirote verde.  No soy capaz -me faltan palabras y aptitudes literarias- de seguir expresando todo lo que siento en ese instante; me es imposible poner de manifiesto todo lo que pasa por mi mente al recordar ese montón de sucesos que ocurrían desde que amanecía, al son de las músicas, hasta que entraban las imágenes en San Gregorio a altas horas de la madrugada, ya en Viernes Santo.
           
Pero ahí no terminaba todo. Acababa el Jueves Santo –otros 365 días de espera anhelante- sí, pero casi sin tiempo para descansar, había que ponerse la túnica blanca y morada de la cofradía de Nuestro Padre Jesús –aunque manteniendo el capirote verde (en realidad había que cambiarlo por uno blanco) para ratificar mi calidad de crucero y no ser confundido con un soleano- para contentar a mi abuelo, que desde 1914 era el Hermano Mayor de esta Hermandad de los Pescadores.   Vienen ahora a mi recuerdo la amanecida del Viernes Santo, el Sermón de Jesús, el canto de la Sentencia por el Goyo, el acurrucarme y quedarme dormido en la mesa de la hermandad –siempre situada bajo el altar de la Virgen de la Esperanza- junto a mi abuelo; la informal procesión, la subida del paso de  virgen por la calle “Rompeteelalma” –milagro de fuerza y de corazón de sus hermanos- hasta la casa de mi abuelo para recibir un refrigerio a base de pescado, pestiños y torrijas. Y, por fin, la entrada de la cofradía y el descanso hasta bien avanzada la tarde del Viernes Santo; un Viernes Santo que siempre se me presentaba raro, extraño, fuera de lugar, como si me hubiesen transportado a otro espacio, y viendo en cada nazareno negro o soleano a una persona hostil hacía mí –o yo hacia él, no lo sé-. Era, pues, un día distinto, la antítesis del Jueves Santo, teniendo en estos momentos ideas muy confusas de lo que sentía en aquellos instantes; pero de lo que sí estoy seguro es que jamás he notado algo parecido. Y así, reunidos los amigos cruceros y refugiándonos unos en otros, esperábamos impacientes que pasase el mal trago de ver a esos tristes nazarenos negros y morados y desapareciesen lo más pronto posible de las calles de Alcalá.
           
Soy consciente de que muchas de las cosas expuestas en estas breves líneas son difíciles de comprender para un foráneo, e incluso para muchos jóvenes alcalareños.  Pero así era –o, al menos, así lo veía yo- en mi infancia y adolescencia; tiempos de posguerra, de hambre y necesidades, de pueblos aún aferrados al miedo y a la tradición; y esto último –la tradición- sí puedo asegurar que permanece: Alcalá, en su Semana Santa, se transforma, cambia, mira hacia atrás, y parece estar anclado en el pasado, aunque ya hace unos años los más jóvenes han cambiado muchas cosas y han modernizado la Hermandad. Pero sólo en la forma, en lo externo, en lo que se ve, pues el fondo, los sentimientos ancestrales están aún muy presentes, y ello es lo que nos da esa particular manera de sentir y vivir la Semana Santa. Porque, alcalareños, LA SEMANA SANTA DE NUESTRO PUEBLO ES DIFERENTE A TODAS.

                       

La Puebla del Río, 29 de marzo de 2018. Jueves Santo.            

         

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